El día que me
vaya,
mis queridas
sombras,
quiero que os
ocupéis
de que las larvas
se alimenten
de lo poco que
quede.
Quiero un
epitafio
escrito por un
enjambre
de insectos
malhumorados
que roan la
piedra,
que mis huesos
queden limpios,
que se licue cada
carretera
que pisé.
El día que me
vaya,
inmundas sombras,
quiero una pira
con mi ropa
y mis papeles,
que todos sepan
que Ítaca jamás
estuvo en los
carteles
ni en mi maldita
fe
en los cordones
de tripa.
Quiero que hagáis
guardia,
mis queridas
sombras,
cuando me
desentrañe sobre la tierra.
Que no me toquen.
Que no me muevan.
Quiero silencio
de carne,
el genocidio
de mi olor.
Y después,
agarrarme a
cualquier mente viva
que haya olvidado
de las sobras
hasta el nombre,
pero nunca,
nunca,
que fui.



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