El camino a casa
se arruga como el
exilio,
como el regreso
al pabellón de
los tarados,
es el verdugo
con el hacha en
el costado,
es el golpe final
del interludio,
la hostia
del despierta del
desmayo.
El camino a casa
es la verdad de
la rutina,
la hemorragia en
la nariz
y en la cocina,
una llaga,
un fregadero,
un cristo
enlutado y en pijama
sin pinta de
tener la menor gana
de salir nunca
jamás del burladero.
Y está lleno de
colillas,
del grito de los
cierres de las tiendas,
del no me cabe más
en la cartilla
del racionamiento
de la guerra y de las vendas.
No necesita
treinta monedas
de plata
para
traicionarme.
El camino a casa
es el espejo
detrás de la
despedida,
un circunloquio
paranoico en contramedida
ante el metal
de aquel contrato
con el miedo.



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