El tiempo es el sudario del sudor
de aquel niño cabizbajo,
los dientes de carcoma del pudor,
el fin de la cantata en mí menor,
de sus misas,
sus campanas,
sus atajos.
El tiempo es este pasillo,
tan oscuro,
tan recto...
También es el hilo muerto
del ovillo de la abuela y el jersey,
susurrándole a escondidas al ganchillo
todo aquello que pasamos,
hijo mío,
a costa del treinta y seis.
Me ha regalado el consuelo
de las capillas ardientes
en barras de medio pelo,
la adicción al accidente,
al escalón.
Me ha robado algún hermano,
el muy cabrón,
y lo ha enterrado mil veces.
El tiempo es la epidermis
que se arruga en la ciudad,
nos cubre,
nos incuba,
nos espera…
Se ha mudado a mi escalera.
No tiene
la más puta piedad.



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