El otoño ha amanecido gris y yo odiándote,
te odio
porque ya no me dejas leer,
porque tengo celos de todos esos cabrones
que decidieron encadenarte al papel incluso antes de que nacieras.
Te odio porque empiezo a cocinar y sólo recuerdo tus recetas,
y tu maldito nombre
camina repartido por cinturas que no le corresponden,
ni dientes,
ni cuadernos,
ni dedos.
Y también porque me has robado palabras...
sandalia bisturí telegrama...
y desnudar también es tuya.
Porque estas cuatro paredes ahora también tienen techo,
por mi dolor de espalda,
y el de garganta,
y el de pecho.
Por tus murallas,
y los arqueros disciplinados que las defienden usando flechas de disimulo,
y por darle la vuelta al cariño,
por tus pies tus labios tu espalda,
por no tener butaca esta noche de tragedia entre tus muslos.
Esta jodida forma de odiarte que deja octubre en Madrid
amaneciendo tus huellas.



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