No le temo a la muerte,
al moho amargo de la calavera,
a la ausencia de lo ausente
perfilándome las cuencas.
Tampoco a la porosa esponja,
al hueso muerto
de las tibias muertas,
ni a los dedos retorcidos
ni al no ser
ni a la caverna.
La sombra del cuerpo solo,
dislocado allá en la tierra,
ese reloj destripado
en sus finísimas muñecas,
no significan nada
para mí.
Yo le temo a la noche,
al cauce seco y hostil
de la madrugada.
Y le tengo miedo a mi nombre
y a su ceniza.



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