Sus uñas rascan el suelo
en la penumbra.
Oigo su respiración.
Veo su pelo,
negro sobre negro,
sus colmillos como lanzas
en las manos del soldado.
Qué oscura infantería
atenta a los reclamos del tambor.
No hay bandera blanca
cuando se acerca la sombra.
No hay motín
en el ejército que embosca.
Es el hambre
el que llama a la puerta,
son los brazos famélicos y cansados
los que girarán el picaporte.
Entra,
no te enfríes,
es tibio
el útero de la soledad.



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