Nací avergonzado,
un ovillo de carne pálido,
y al primer grito
lo alimentó el pánico.
Con mis manos de niño
construí la estructura de mi cárcel,
mi lengua virgen,
la palabra primera,
os vetó la entrada.
Estáis fuera.
No conoceréis el tacto de mi niebla,
su sombra lechosa,
la materia líquida,
suspendida,
que le da forma.
Vuestro asfalto
no conduce a dónde habito,
ni vuestras orgánicas córneas
leyendo lo que escribo,
ni mi amasado aliento,
saturado de lenguaje,
que le escupo a vuestro oído.
Duermo en la frontera
de la inexistencia.
Ojalá
pudierais tocarme.



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