Y el aciago demiurgo, tentador de tentaciones, se recostó y encendió un cigarrillo para contemplar su obra.
Y vio que su obra era buena.
El hombre, bestia ignorante, fue caníbal de su propia carne, parásito en sus tripas. Alimentábase de los desechos de las digestiones, del fermento oloroso y podrido que circula por las cavernas animales de su intestino delgado.
Y vio que su obra era buena.
Y las ciudades apestaban a tabaco y a ron, a barriga cebada, a ingratitud y a parsimonia y a gris. Y las cubría su propia mortaja. Y el cemento tuvo al fin su impostora alma de garganta irritada y tosía y tosía y tosía, y de sus esputos viscosos, de un suave color marrón, comían las ratas, y aprendieron a andar a dos patas, y a discutir en tertulias afinadas sobre filosofía barata, y a jugar al póquer con sus nuevos pulgares.
Y vio que su obra era buena.



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