Nadie,
ministro in pectore del interior
de las tripas corruptas,
abominable defensor
de las resacas tras adiós,
se propone acotar las fronteras
de su alopecia mental,
gritándole a las amebas
que caminan las aceras
de este país sin igual.
Procede.
Aparece un tipo guapo
como de portarretrato,
apellidado Rivera,
y se me vuelve loca de impaciencia
la nerviosa concurrencia.
Pero no se dan ni cuenta
de que el naranja por bandera
nos puede joder la renta
a todos los perros flacos,
que no cuadran los harapos
con el IBEX 35,
que defiende con ahínco
semejante mentecato.
Ahora bien,
y me repito,
el tipo es guapo.
Aunque no confiéis
en que sean más de seis,
los meses de vuestros contratos.
Líbrennos las buenas urnas
de conocer la penumbra
que se esconde en la simiente
de este chaval,
con aires de chacal,
postulado a presidente.
También anda el señor Sánchez
agitando su palmito,
paladín de esas izquierdas
que se vendieron cual cerdas
para parir cochinitos,
que se reunieron
con nocturnidad galopante
con esta gente ahora gobernante
para pagar nuestras deudas
antes que nuestro pan,
y eso,
señores,
es preferir, quizá,
que cunda un poquito el hambre.
Pero él dice defender
hospitales y colegios,
que luchará por nosotros,
que no quiere un pueblo necio
si no bien escayolado,
leído,
cultivado en sabias macetas,
pero no cuenta el galán,
elocuente pancartista,
que una turba inteligente
es la tumba socialista.
Ahora bien,
¿qué podemos decir hoy
del inefable Rajoy?
Quedan cortas las palabras
ante esa propuesta macabra,
de que siga en el sillón.
Nos ha costado un cojón
en prestaciones,
en matrículas, recetas,
en desvergüenza...
Ya casi somos ascetas,
porque trabajar... a ratos,
y sin un gramo de decencia.
Maquillada y antigua derechona,
amante voraz de este mercado
que asegura y calienta su poltrona.
Representante, tal cual,
de ese político triste
que en cuanto giras te embiste,
por el culo,
su reforma laboral,
y además,
quisiera hacerle a los manifestantes
lo que el otro gallego... ese bajito...
el de la voz de pito...
¡Sí, coño!... El de antes.
Y al final,
con su barba y su coleta,
aparece el gran profeta anticaspa.
Aunque ya no habla de casta
y es una pena
la muerte de esa gran puesta en escena.
Sólo espero
que no le tiemblen los huevos,
porque lo parece,
y Nadie,
pertinaz defensor de la esperanza,
de las revoluciones,
confiaba en este enjuto Sancho Panza,
en su visión
de los que gritan ¡rebelión!
Pero, en lo más hondo, teme
que llegue la última hora,
se encasquille la pistola,
y nos venga lo que viene.
¡Votad, coño!



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