Esta mañana,
mientras me esforzaba en dilucidar
si el vino
es un sustituto de la esperanza,
la madre
de un antiguo compañero de colegio
ha entrado en la tienda.
Después de mentirme
acerca de lo bien que me veía,
como si yo viviera sin espejos,
y contarme
lo gordo que está su hijo
por no sé qué lesión en el glúteo,
ha pasado al ataque.
"¿Y tú tienes niños?"
"No."
"Pero estás casado..."
"No."
Me ha mirado
con esa forma que tienen los abraza árboles
de mirar
a un perro apaleado.
He sentido lástima
por ella.



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