El veintiuno de mayo
hizo treinta y ocho años
que la flaca dedicó el dorso
de un vinilo de Lluis Llach.
Uno de ésos de a treinta y tres
que ahora venden a dos euros
a la salida de un parking de Madrid.
El veintiséis de diciembre,
casi cuarenta años después,
sin saber si la flaca pisa aceras
todavía,
la chica que separa las aguas de esta ciudad
cuando camina,
las manos
que deberíais venerar como el maná
y yo no puedo querer como merecen,
me regalaron una parte de la historia.
Vosotros,
mientras tanto,
discutíais las fronteras de la patria.
Me dais
una pena
insoportable.




0 comentarios:
Publicar un comentario