Las puertas están dormidas,
no hay salida
ni una deuda que herrar
ni montura fiel que me sostenga.
Me duelen las uñas de ser,
el deseo añejo
por las hazañas de Medusa.
Hablo un idioma desconocido,
grafía exenta de consentimiento,
vacuo arsenal
que no hiere siquiera.
Y así me tumbo,
apoyando atento
la carne que me conserva.



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