Ella tiene poderes,
es un mago sin ilusionismo que me hace desaparecer,
a mí,
al yo del resto de los lugares en los que no estamos,
nosotros,
en plural.
Cuando me mira a los ojos
el miedo se me construye una madriguera
a las afueras de la ciudad,
las dudas se mudan de los suburbios camino del cementerio
y arrojo por la ventana la brújula de todos mis nortes...
no necesito navegación
cuando giro la cabeza y, mire donde mire,
sus caderas son el horizonte.
Ella
es el singular de mis razones,
mi única maleta en la puerta de embarque,
mi motivo,
la página doblada de mi biblioteca,
la gata
que me esconde en el armario
los ratones del pasado.
Es un vaso de agua,
o de licor
cuando es conveniente,
y algunas veces,
su cuerpo
es transparente.
Tiene cosas que odio,
pero no son suficientes.
Y cuando se marcha
me siento a escribir,
porque no quiero que se vaya.
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miércoles, 25 de febrero de 2015
lunes, 23 de febrero de 2015
una noche, aún invierno
hay noches de febrero
que no deberían amanecer,
y un malasaña y un argüelles
descarados
que se acuestan a mi lado
levantándole la falda a la memoria.
hay tercios de mahou
que le ponen tu nombre a mis recuerdos,
y poemas que respiran
si los estás mirando,
tan flacos,
tan hambrientos.
hay calles a la deriva
por ese madrid de las princesas
después de todas las cervezas,
justo antes
de las despedidas.
y hay esquelas del pasado
decorando tu portal.
hasta un beso encarcelado y una bala
en la frente del olvido,
y dos sístoles urgentes bombeando cerezos en flor,
y también está el sonido
de tus pasos paseando escaparates,
y el maldito disparate
de tenerme que marchar.
que no deberían amanecer,
y un malasaña y un argüelles
descarados
que se acuestan a mi lado
levantándole la falda a la memoria.
hay tercios de mahou
que le ponen tu nombre a mis recuerdos,
y poemas que respiran
si los estás mirando,
tan flacos,
tan hambrientos.
hay calles a la deriva
por ese madrid de las princesas
después de todas las cervezas,
justo antes
de las despedidas.
y hay esquelas del pasado
decorando tu portal.
hasta un beso encarcelado y una bala
en la frente del olvido,
y dos sístoles urgentes bombeando cerezos en flor,
y también está el sonido
de tus pasos paseando escaparates,
y el maldito disparate
de tenerme que marchar.
martes, 17 de febrero de 2015
cuando la escribes
recoges gasas
y vendas
manchadas de sangre y fluídos
después de la cirugía.
las envuelves,
las encuadernas en espiral,
sacas la basura.
caminas cosido
con hilo de pescar recuerdos,
recuentos
de hadas,
manzanas mordidas,
a veces,
envenenadas.
divides los años
en cuatro estaciones de metro,
las suyas,
las de su camino a casa.
drenas moratones en tinta
con agujas en palabra.
ella,
casi siempre es de noche.
ella,
casi nunca está.
los relojes no dejan de dar la madrugada,
los renglones
no tienen sueño,
se estiran,
bostezan,
se acaban de despertar.
después amanece,
recoges los restos de la cena,
la pena
la cuelgas en la ventana
como una bandera de náufrago
fabricada con los restos de las velas.
te duchas, te lavas los dientes,
te despides de la gata,
inventarías los destrozos
en el espejo del ascensor.
si tienes suerte y febrero es frío
te abrigas con los restos
del tercer grado de su calor,
si tienes suerte
nadie
se dará cuenta.
y vendas
manchadas de sangre y fluídos
después de la cirugía.
las envuelves,
las encuadernas en espiral,
sacas la basura.
caminas cosido
con hilo de pescar recuerdos,
recuentos
de hadas,
manzanas mordidas,
a veces,
envenenadas.
divides los años
en cuatro estaciones de metro,
las suyas,
las de su camino a casa.
drenas moratones en tinta
con agujas en palabra.
ella,
casi siempre es de noche.
ella,
casi nunca está.
los relojes no dejan de dar la madrugada,
los renglones
no tienen sueño,
se estiran,
bostezan,
se acaban de despertar.
después amanece,
recoges los restos de la cena,
la pena
la cuelgas en la ventana
como una bandera de náufrago
fabricada con los restos de las velas.
te duchas, te lavas los dientes,
te despides de la gata,
inventarías los destrozos
en el espejo del ascensor.
si tienes suerte y febrero es frío
te abrigas con los restos
del tercer grado de su calor,
si tienes suerte
nadie
se dará cuenta.
domingo, 15 de febrero de 2015
Resaca con la izquierda
Las resacas que me salen zurdas
no saben escribir en sentido común,
se enredan,
se pierden,
se empeñan
en que estás al otro lado del espejo
y el único modo de leerte
es mirarme las pupilas.
Cuando las resacas
me escriben con la izquierda
me siento extraño,
me da por ser feliz,
por esperarte,
por acariciarle el pelo a tu ausencia en el sillón,
y sonreírle a la lavadora.
Cuando el dolor de cabeza
me escribe de derecha a izquierda,
no me sale nada indecente
y me da igual,
el gel de la ducha me limpia tus nuncas,
se me escurren,
se me escapan por el sumidero
girando en el mejor sentido de las agujas del reloj.
Cuando me despierto en ese estado
de recuento latente de momentos por venir,
de arterias latientes temblando en los cuellos,
ni siquiera busco ibuprofeno,
me tumbo
y agonizo,
mastico los restos de cerveza
que anoche era más rubia,
más tú,
menos cuaderno en ruínas,
menos yo.
Hay borracheras que merecen la pena.
miércoles, 11 de febrero de 2015
autoconsejo por imperativo moral
que no se te olvide,
la tinta son jugos gástricos,
el papel
un sumidero,
un desierto,
un triturador de espasmos
a espalda descubierta,
un polvo a destiempo,
una sombra
de tu sombra.
¿qué te has creído?
hazte sordo a los halagos
o púdrete.
muérdete en las calles,
en la mermelada,
en las quemaduras
que te cruzan el pecho
las noches de alcohol a solas,
sácale el pus a tus rincones,
que todos lo vean,
si quieres,
si no quieres
se lo escupes al espejo,
te afeitas las desganas,
los descuentos,
pero no te inventes nada.
si ella no te arde,
si no hay vacío...
cállate
poeta.
que no se te olvide
que la tinta es sangre,
y bilis,
y lágrimas.
la tinta son jugos gástricos,
el papel
un sumidero,
un desierto,
un triturador de espasmos
a espalda descubierta,
un polvo a destiempo,
una sombra
de tu sombra.
¿qué te has creído?
hazte sordo a los halagos
o púdrete.
muérdete en las calles,
en la mermelada,
en las quemaduras
que te cruzan el pecho
las noches de alcohol a solas,
sácale el pus a tus rincones,
que todos lo vean,
si quieres,
si no quieres
se lo escupes al espejo,
te afeitas las desganas,
los descuentos,
pero no te inventes nada.
si ella no te arde,
si no hay vacío...
cállate
poeta.
que no se te olvide
que la tinta es sangre,
y bilis,
y lágrimas.
Re-acuerdos
Soy capaz de recordar muchos vacíos, como el de Lisboa en dos mil y algo, cuando aquella chica tornado se acordó de que yo era un accidente, la noche antes de subir al avión, y me dejó esperando en la Plaza del Comercio, viendo morirse mi río.
Soy capaz de recordar el número exacto de escalones de madera, hasta el ático del edificio en ruinas donde aquella pintora, Sofía, me acogía por cuatro duros y una botella de vino al día, en un futón, cerca del bar de Pessoa.
Y puede que haya olvidado las horas de bordado que me costó cerrar la herida.
Soy capaz de recordar las prácticas de fotografías separadas, en la facultad, de recostar el revelado del fracaso de aquella otra chica locura, en una sonrisa que ahora sólo araña, porque puedo seguir llamándola amiga, con toda la razón.
He podido enterrar la melancolía con que empapaba las sábanas aquella chica triste, que me crucé tres días porque teníamos sed, que no supe beberme como debía,
como quería,
como necesitaba...
en segunda persona del plural.
No he intentado siquiera borrar aquellos ojos grises de la chica en construcción, que me dejaba el sabor del pintalabios en medio de la boca, a medianoche en la estación, antes de regresar a casa de sus padres.
Aunque eso ella no lo sabe.
También me he quedado con esos otros, en verde aceituna dependiendo del ángulo del sol, que vi crecer entre las ramas de una casa con jardín, y dos perros que se fueron. A ella, a veces, le asustan los asuntos pendientes, cuando cree que aún existen, y no es verdad.
No tengo tan buena memoria.
Y todo esto para decirte que no me cuesta pelear, ni partirme la cara con todas las asimetrías que te convierten en la pieza contigua del puzzle de esta esquina de mi vida. Que las señales de sucesión de curvas peligrosas, la primera a la izquierda, sólo me hacen pensar en ti desnuda y de costado, tumbada en mi colchón, sudado, sucio de noches en guerra.
Todo esto para decirte que sí, que he sido actor de algunas cosas, que todavía escondo historias que no sabes, que cuando llueve me duelen las muñecas desescribiendo las derrotas,
que si nosotros, mi nosotros, acaba siendo otra... merece, y va, a ser gloriosa.
Soy capaz de recordar el número exacto de escalones de madera, hasta el ático del edificio en ruinas donde aquella pintora, Sofía, me acogía por cuatro duros y una botella de vino al día, en un futón, cerca del bar de Pessoa.
Y puede que haya olvidado las horas de bordado que me costó cerrar la herida.
Soy capaz de recordar las prácticas de fotografías separadas, en la facultad, de recostar el revelado del fracaso de aquella otra chica locura, en una sonrisa que ahora sólo araña, porque puedo seguir llamándola amiga, con toda la razón.
He podido enterrar la melancolía con que empapaba las sábanas aquella chica triste, que me crucé tres días porque teníamos sed, que no supe beberme como debía,
como quería,
como necesitaba...
en segunda persona del plural.
No he intentado siquiera borrar aquellos ojos grises de la chica en construcción, que me dejaba el sabor del pintalabios en medio de la boca, a medianoche en la estación, antes de regresar a casa de sus padres.
Aunque eso ella no lo sabe.
También me he quedado con esos otros, en verde aceituna dependiendo del ángulo del sol, que vi crecer entre las ramas de una casa con jardín, y dos perros que se fueron. A ella, a veces, le asustan los asuntos pendientes, cuando cree que aún existen, y no es verdad.
No tengo tan buena memoria.
Y todo esto para decirte que no me cuesta pelear, ni partirme la cara con todas las asimetrías que te convierten en la pieza contigua del puzzle de esta esquina de mi vida. Que las señales de sucesión de curvas peligrosas, la primera a la izquierda, sólo me hacen pensar en ti desnuda y de costado, tumbada en mi colchón, sudado, sucio de noches en guerra.
Todo esto para decirte que sí, que he sido actor de algunas cosas, que todavía escondo historias que no sabes, que cuando llueve me duelen las muñecas desescribiendo las derrotas,
que si nosotros, mi nosotros, acaba siendo otra... merece, y va, a ser gloriosa.
La gata
La gata
lleva tres días triste,
me busca,
mientras leo,
para acurrucarse bajo la manta
en el sillón
pegada a mí,
se sube a la cama
sólo para mirarme,
y yo no puedo saber lo que piensa
porque no dice nada.
Se sienta en el escritorio
cuando escribo
y hace unos ruidos muy raros,
como de muñeca rota,
mirándome los dedos.
Ahora apenas me muerde
cuando salgo de la ducha,
como está triste,
supongo que no le apetece comer.
Ya no me trae regalos,
ni me tira el portavelas de la estantería
donde coloqué tus libros,
ni vuelca la papelera,
donde dejé de arrugar
los bocetos de tus noches allá lejos,
para robarme las bolas de papel.
No me despierta de madrugada
para jugar.
Está triste,
supongo que también quiere irse,
que no soy yo, es ella,
que necesita pensar,
que las cosas cambian,
que me quiere,
pero de otra manera.
Y yo,
lo que no puedo soportar
es la idea
de dejar de barrer también su pelo.
lleva tres días triste,
me busca,
mientras leo,
para acurrucarse bajo la manta
en el sillón
pegada a mí,
se sube a la cama
sólo para mirarme,
y yo no puedo saber lo que piensa
porque no dice nada.
Se sienta en el escritorio
cuando escribo
y hace unos ruidos muy raros,
como de muñeca rota,
mirándome los dedos.
Ahora apenas me muerde
cuando salgo de la ducha,
como está triste,
supongo que no le apetece comer.
Ya no me trae regalos,
ni me tira el portavelas de la estantería
donde coloqué tus libros,
ni vuelca la papelera,
donde dejé de arrugar
los bocetos de tus noches allá lejos,
para robarme las bolas de papel.
No me despierta de madrugada
para jugar.
Está triste,
supongo que también quiere irse,
que no soy yo, es ella,
que necesita pensar,
que las cosas cambian,
que me quiere,
pero de otra manera.
Y yo,
lo que no puedo soportar
es la idea
de dejar de barrer también su pelo.
Mis razones
Tiene miedo,
por eso usa la vida de paraguas,
pero la otra,
la de horquillas en el pelo.
Que no se le despeine
si nos cruzamos.
También tiene frío,
pero se abriga con abrigos de piel falsa,
sintética,
sin métrica,
en lugar de encenderse
una hoguera
conmigo.
Se equivoca de error,
de herida,
de camino,
de ruleta rusa en el casino,
de color
en los semáforos,
de calor
en los colchones,
se equivoca,
tiene frío,
tiene miedo...
pero la quiero...
tengo mis razones.
martes, 10 de febrero de 2015
Cielos de Madrid
Ella me pregunta el color del cielo
cuando atardece Madrid por mis calles,
yo odio la distancia y sus detalles,
mi lluvia me lo esconde, no es consuelo.
Me atardece Madrid con nubes grises,
en mitad de este febrero y su martes,
leyendo cada una de las partes
que le desnudaría... más dos bises.
Se me ocurre pedir que venga a verlo,
que envagone en un tren sus propios ojos,
que estoy harto de bragas de estraperlo,
que quiero que recoja mis despojos,
mis sábanas no saben esconderlo
y los cielos aquí... así... son rojos.
cuando atardece Madrid por mis calles,
yo odio la distancia y sus detalles,
mi lluvia me lo esconde, no es consuelo.
Me atardece Madrid con nubes grises,
en mitad de este febrero y su martes,
leyendo cada una de las partes
que le desnudaría... más dos bises.
Se me ocurre pedir que venga a verlo,
que envagone en un tren sus propios ojos,
que estoy harto de bragas de estraperlo,
que quiero que recoja mis despojos,
mis sábanas no saben esconderlo
y los cielos aquí... así... son rojos.
La chica de las tormentas
Conozco una chica que quiere jugar con el tiempo,
que el futuro
le agarre el culo al ya pasó
en plena pista de baile.
Una vez le pedí que se mirase al espejo,
porque no se ve bien,
y le dio por temblar,
y por temer...
pero lo hizo.
Le da miedo soñar que no sueña
antes de quedarse dormida,
y la escala de grises bajo cero
del primer minuto dentro de las sábanas frías.
Al menos eso dicen sus poemas,
y yo creo que es verdad.
Me la imagino
corriendo en la estación tras un tren en llamas
porque es el suyo,
sonriendo cerca del mar cuando acabe de leerme,
tomando el té con el sombrerero
a cualquier hora,
porque es la suya.
Cada medianoche se le olvida
una sola zapatilla empapada de tormentas
en el verso de la esquina,
cuando se mete en la cama a leer,
o a dormir,
o a estar viva.
Cree que es un huracán,
pero sólo a veces.
Ahora sé
que no sabe disimular y entonces ríe,
que me gusta
perderle el respeto y los guiones,
que quiere prohibirme,
pero no puede,
y además,
sé muy bien
que quiero que se quede.
que el futuro
le agarre el culo al ya pasó
en plena pista de baile.
Una vez le pedí que se mirase al espejo,
porque no se ve bien,
y le dio por temblar,
y por temer...
pero lo hizo.
Le da miedo soñar que no sueña
antes de quedarse dormida,
y la escala de grises bajo cero
del primer minuto dentro de las sábanas frías.
Al menos eso dicen sus poemas,
y yo creo que es verdad.
Me la imagino
corriendo en la estación tras un tren en llamas
porque es el suyo,
sonriendo cerca del mar cuando acabe de leerme,
tomando el té con el sombrerero
a cualquier hora,
porque es la suya.
Cada medianoche se le olvida
una sola zapatilla empapada de tormentas
en el verso de la esquina,
cuando se mete en la cama a leer,
o a dormir,
o a estar viva.
Cree que es un huracán,
pero sólo a veces.
Ahora sé
que no sabe disimular y entonces ríe,
que me gusta
perderle el respeto y los guiones,
que quiere prohibirme,
pero no puede,
y además,
sé muy bien
que quiero que se quede.
lunes, 9 de febrero de 2015
Pasajero de andén
Ella me hizo escapar de las horas,
de todas esas escuelas del tedio
con relojes de fachada.
Nunca me citaba sin comillas,
me las cambiaba por ojos de niña
cuando le contaba que no hace falta llorar,
que también existe el dolor en seco
cuando alguien se va,
que la despedida
es un club exclusivo del pecho,
un solo pasajero en el andén.
Ella era un vaso de agua
y de cerveza de agosto en cualquier bar,
y carreteras que a veces la traían de vuelta,
anudada en la garganta,
como si yo fuera un puerto digno de ser atracado.
A cambio yo le paraba el tiempo.
Ella volvía en autobuses de línea regular,
y me buscaba,
y yo salía de mi escondite,
apagaba las hogueras de pasar la noche
y cerraba la nevera
para enfriar el frío de después.
Ella no era de nadie,
tampoco mía,
excepto en los poemas,
sin una sola rima,
en mi deseo de verla cocinando el pan
en mi cocina.
Ella dice que se ha marchado,
bueno,
lo dicen su silencio
y mi estúpido respeto a las huidas,
hasta ahora,
cuando yo soy el que queda atrás.
Ella era mi salvavidas de pulsera,
mi respuesta de bolsillo,
la cartera con que le pagaba mis deudas al destino,
todo
lo que me aseguraba de no olvidar al salir de casa.
Tengo mis dudas de que ya no tenga miedo a vivirme,
es normal,
y también
que no deje de buscarla
para ahogarle todos los esquemas.
Ojalá
supiera rendirme.
sábado, 7 de febrero de 2015
Supongamos
Se supone que debería haber sabido escribir el final,
haber negociado en taquilla
la porción de piel que dejar expuesta durante el deshielo,
el peaje de alma
a pagar en la aduana de todos esos países que no son tú,
y que ahora hacen cola a los pies de mis tinteros,
para invitarme a conducir,
sin frenos,
por curvas extranjeras.
Era un punto,
nada más.
Pero siempre
me salen tres seguidos,
supongo que en memoria de tus letras.
No sé de qué material fabricaste las cadenas,
ni el color de tu vestido esta noche,
ni dónde guardas ahora
mis notas de suicidio de nosotros,
ni el cepillo de dientes.
Se supone que un punto
duele menos que una factura sin firmar,
pero sigo imaginándome en esa boca de metro,
esperándote,
para desnudarte en casa el olor a facultad de medicina
follando a ritmo de Dylan
a las afueras de la habitación,
y después,
llevándote a cenarnos
al mejor de los peores restaurantes de Madrid.
Se supone que debería haber sabido escribir el final,
buscarme otros ojos marrones y rehenes,
o grises,
que siempre me gustaron,
incinerar tu ombligo en lugar de encuadernarlo,
en lugar
de seguir condenado a perpetua
de estas ganas de ti,
con todas tus minúsculas.
haber negociado en taquilla
la porción de piel que dejar expuesta durante el deshielo,
el peaje de alma
a pagar en la aduana de todos esos países que no son tú,
y que ahora hacen cola a los pies de mis tinteros,
para invitarme a conducir,
sin frenos,
por curvas extranjeras.
Era un punto,
nada más.
Pero siempre
me salen tres seguidos,
supongo que en memoria de tus letras.
No sé de qué material fabricaste las cadenas,
ni el color de tu vestido esta noche,
ni dónde guardas ahora
mis notas de suicidio de nosotros,
ni el cepillo de dientes.
Se supone que un punto
duele menos que una factura sin firmar,
pero sigo imaginándome en esa boca de metro,
esperándote,
para desnudarte en casa el olor a facultad de medicina
follando a ritmo de Dylan
a las afueras de la habitación,
y después,
llevándote a cenarnos
al mejor de los peores restaurantes de Madrid.
Se supone que debería haber sabido escribir el final,
buscarme otros ojos marrones y rehenes,
o grises,
que siempre me gustaron,
incinerar tu ombligo en lugar de encuadernarlo,
en lugar
de seguir condenado a perpetua
de estas ganas de ti,
con todas tus minúsculas.
jueves, 5 de febrero de 2015
Anamnesis
letraherido,
obsesivo compulsivo de las huellas de tus pies,
sobre mi alfombra,
descalza,
siempre.
funambulista del recuerdo amargo,
de las cervezas sin red,
carnívoro,
qué te voy a contar de mi sed.
gorrilla sin propina de tus miedos,
poeta de bragueta y de mentira...
qué voy a hacer si me sangra la nariz
y te llevaste los tampones.
orgasmista de tu iglesia,
incluso a solas,
y en lunes,
y a las tres.
diógenes de dos fotos,
palmero genital de la imagen de tu espalda,
adicto obsceno a tus ojos ojerados,
costalero de tus dudas,
de gramo y medio de sonrisas,
con sueño,
sin ropa,
sin reloj...
transparentes,
creo que a finales de agosto.
abstinente de cualquier saliva sin tus apellidos,
o tus adjetivos,
o tú,
por voluntad propia,
o trastorno mental.
diagnóstico:
infección verbal no resuelta,
urge tu boca enmascarada de hospital,
y tus entrañas,
y un subtitulado de la verdad,
como el de aquella escena de Annie Hall, donde,
de una puta vez,
pueda leerte.
obsesivo compulsivo de las huellas de tus pies,
sobre mi alfombra,
descalza,
siempre.
funambulista del recuerdo amargo,
de las cervezas sin red,
carnívoro,
qué te voy a contar de mi sed.
gorrilla sin propina de tus miedos,
poeta de bragueta y de mentira...
qué voy a hacer si me sangra la nariz
y te llevaste los tampones.
orgasmista de tu iglesia,
incluso a solas,
y en lunes,
y a las tres.
diógenes de dos fotos,
palmero genital de la imagen de tu espalda,
adicto obsceno a tus ojos ojerados,
costalero de tus dudas,
de gramo y medio de sonrisas,
con sueño,
sin ropa,
sin reloj...
transparentes,
creo que a finales de agosto.
abstinente de cualquier saliva sin tus apellidos,
o tus adjetivos,
o tú,
por voluntad propia,
o trastorno mental.
diagnóstico:
infección verbal no resuelta,
urge tu boca enmascarada de hospital,
y tus entrañas,
y un subtitulado de la verdad,
como el de aquella escena de Annie Hall, donde,
de una puta vez,
pueda leerte.
miércoles, 4 de febrero de 2015
De nuevo, perdón por la tristeza.
Esta noche no le presto atención a nada,
ni a la televisión,
ni a los libros que llevo una semana amontonando sobre la mesa,
con todos esos poemas que no sé escribir,
hinchados como cadáveres,
entreabiertos con boli bic de marcapágina.
Desde que decidiste encerrarme en un paquete de contrabando
con la etiqueta "las palabras matan",
me jode que los demás sepan echarte de menos mejor que yo,
pero no dejo de leerlos,
por muy bailado que esté eso de que te encuentras en todos los textos
y de que me pongo dos nocturnos de Chopin, sonando a culto,
y te me caes del pentagrama.
En el fondo soy un sentimental,
como Loquillo,
envasado en un sin ti mental al vacío,
con el que otros se quitan el hambre a veces,
si les queda demasiado lejos el mercado de las nostalgias ajenas.
Y se me hace tan tarde en el sillón
que cuando me acuesto no hay quien caliente la cama,
y mato por un interruptor
que me apague la farola
que me ilumina la ventana,
que no me funde en negro las paredes,
ni el escritorio,
ni los billetes de avión
clavados en el corcho de los recuerdos que me gustaría haber fijado contigo.
Fijado,
grabado,
pateado,
dibujado,
odiado...
no tengo participios a los que no les faltes.
Ya va por la segunda estación desde que te bajaste,
el otoño fue un quirófano,
el invierno... ¿qué te voy a contar?,
ni un maldito copo de nieve en Madrid
con el que enfriarte una copa.
lunes, 2 de febrero de 2015
Tan lejos
Estaba tratando de escribir algo decente,
uno de esos eres la hostia cuando sangras,
que todos aplauden desde la frontera.
Estaba tratando de recoger la mesa
y me he tumbado en el sillón.
Quería dejar de fumar,
por eso de que el humo no te esconda el sabor de mi lengua,
que tan tarde bebe,
como te susurra un me haces falta vestido de domingo.
Estaba tratando de olvidarte
y tengo el repetir una en el lector.
Quería pensar en el menú de mañana
y sólo me aparece una ventana,
entornada,
sin visillos,
en medio de tu boca.
Estaba buscando la llave de tus secretos
y sin quererlo vi amanecer,
seguí escondido para el resto llamando a tu puerta,
escuchando a Silvio,
y me dio por respirar la asfixia.
Estaba aquí,
bajo la mesa,
y me dio igual comerme tu recuerdo
que cenarte a ti.
Estaba pensando
que igual no estás
tan
lejos.
domingo, 1 de febrero de 2015
Sin arriar banderas
Podría contarte que anoche
regresé con el corazón hecho tizas,
que me dibujé una rayuela con cada una de tus letras
pero llovía,
que a la tercera pinta perdí el vocabulario
y sólo me quedaste tú.
Incluso podría confesarte
que por eso ya no escribo borracho.
Sería un ataque de sinceridad inadecuado,
para los tiempos que corren,
decirte
que Malasaña está de luto y la ciudad entera
tiene de gallina las aceras, y de gallo
lo que me queda de valor
para encerrarme en aquella librería
a recitar poemas usados en dos cuartos de febrero.
Sería más sensato amordazarme las líneas
con otros cierres de sujetador,
enfundar el duelo en una sobaquera para zurdos,
olvidarme de disparar a tu diana cada poso del café,
detener la guerra
antes de que haya más herido.
Pero si me desnudan otras me quedan grandes los jerseys,
y ya hace tiempo que si no está tu boca
no me sale el sexo con sentido y los orgasmos
gritan violación.
Así que me declaro unido de alma y con razón,
a todos los barcos pirata que esperan en la niebla
el instante para abordar tus caderas,
sin pensar
sin pensar
en arriar las banderas
ni en piedad para tu tripulación.