Conozco una chica que quiere jugar con el tiempo,
que el futuro
le agarre el culo al ya pasó
en plena pista de baile.
Una vez le pedí que se mirase al espejo,
porque no se ve bien,
y le dio por temblar,
y por temer...
pero lo hizo.
Le da miedo soñar que no sueña
antes de quedarse dormida,
y la escala de grises bajo cero
del primer minuto dentro de las sábanas frías.
Al menos eso dicen sus poemas,
y yo creo que es verdad.
Me la imagino
corriendo en la estación tras un tren en llamas
porque es el suyo,
sonriendo cerca del mar cuando acabe de leerme,
tomando el té con el sombrerero
a cualquier hora,
porque es la suya.
Cada medianoche se le olvida
una sola zapatilla empapada de tormentas
en el verso de la esquina,
cuando se mete en la cama a leer,
o a dormir,
o a estar viva.
Cree que es un huracán,
pero sólo a veces.
Ahora sé
que no sabe disimular y entonces ríe,
que me gusta
perderle el respeto y los guiones,
que quiere prohibirme,
pero no puede,
y además,
sé muy bien
que quiero que se quede.
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