Se supone que debería haber sabido escribir el final,
haber negociado en taquilla
la porción de piel que dejar expuesta durante el deshielo,
el peaje de alma
a pagar en la aduana de todos esos países que no son tú,
y que ahora hacen cola a los pies de mis tinteros,
para invitarme a conducir,
sin frenos,
por curvas extranjeras.
Era un punto,
nada más.
Pero siempre
me salen tres seguidos,
supongo que en memoria de tus letras.
No sé de qué material fabricaste las cadenas,
ni el color de tu vestido esta noche,
ni dónde guardas ahora
mis notas de suicidio de nosotros,
ni el cepillo de dientes.
Se supone que un punto
duele menos que una factura sin firmar,
pero sigo imaginándome en esa boca de metro,
esperándote,
para desnudarte en casa el olor a facultad de medicina
follando a ritmo de Dylan
a las afueras de la habitación,
y después,
llevándote a cenarnos
al mejor de los peores restaurantes de Madrid.
Se supone que debería haber sabido escribir el final,
buscarme otros ojos marrones y rehenes,
o grises,
que siempre me gustaron,
incinerar tu ombligo en lugar de encuadernarlo,
en lugar
de seguir condenado a perpetua
de estas ganas de ti,
con todas tus minúsculas.
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