jueves, 11 de diciembre de 2014

Maldita diferencia

Al final resultó que el insomnio es lo contrario de la falta de sueños, 
que no dormir es llenar un cenicero sobre las sábanas 
y no sé cuántas pulgadas de teletienda para solteros. 

Al final resultó que mis ojos abiertos de madrugada 
no se tratan con infusiones ni porno ni pastillas ni páginas. 

Que nada de eso sirve. 

Que a veces la soledad dibuja caras en las paredes 
y ya no te quedan trincheras. 

Y escribir tan sólo ayuda para vaciar la tripa revuelta, 
pero los párpados siguen ahí arriba y la fase REM 
la alcanzas en Spotify sin saber inglés, 
ni las jodidas letras. 

Es lo que tiene haber sido adolescente en los noventa 
y sospechar por qué Cobain se voló la cabeza. 

Y al final tú y yo sumamos tragicomedia,
y la frontera la marca la cantidad de cerveza 
y si al mirar arriba de vuelta a casa
la luna está en creciente o está muerta,

si habrá festival de carne y bocas
bajando tus bragas y tus cordilleras,
o un solo de teclas de marfil sobre las aceras,

si estás o no estás...

ésa es la maldita diferencia.







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