miércoles, 31 de diciembre de 2014

Fronteras aleatorias

La frontera de la locura se sitúa exactamente en tu clavícula derecha, por eso es lo primero que muerdo cuando busco un poco de calor. 

Una ola de frío seco... así ha llamado el tipo de las noticias a la mañana de hoy, y yo, adicto a los filos de las navajas que paseas por la ciudad dentro de los bolsillos del chaquetón, sonrío porque un chaval me ha dicho que un amigo le dijo que su médico le contó, que con el frío los cortes escuecen menos. 

Y me subo al metro en Legazpi afilando los dientes. 

martes, 30 de diciembre de 2014

En las mejores salas

A veces pienso que sólo fuimos un trailer, 
un próximamente en las mejores salas
O quizá 
que me he quedado con las imágenes impactantes 
y nada más, 
las de lágrima fácil,
las de la batalla, 
o ésas en las que se insinúa un guión brillante 
enseñando las mejores frases en minuto y tres cuartos. 

Es lo que hacemos cuando nos da por no enterrar, 
¿no es cierto? 
Nos colgamos de la cornisa de una historia 
agarrados a la piedra con la punta de los dedos, 
hasta que duele demasiado,
 
o se rompen. 

Incluso tengo el orden de las escenas 
y algunos decorados,
y los instantes para intercalar los créditos de inicio... 

al fin y al cabo,
lo que me has robado 
sólo es el comienzo 

y el final. 

Estados independientes

He salido de la cama con ganas de no asesinar
a la que tuvo el valor
de llamarme poeta en lugar de impostor,
pero le faltaron huevos
para decírmelo en la calle.

A la que se arrepintió 
antes de los besos fuera de horario, 
antes del ahora 
y los orgasmos
que le corresponden como pena.

Y también a las convulsiones creativas
cuando duele la barriga
por pura necesidad.

Permanezco en ese estado.


Pues que te echo de menos

Se necesitan muslos que enseñen
a deshacer nudos de corbata en gargantas mientras se camina y,
si puede ser,
que escriban con pena y sin gloria frases de otros
en las tapias de los solares de Fuencarral.

Que ensucien los muros

y los uniformes.

Que firmen con te odios notas de volveré pronto,
he salido un momento a engañarte con la vida,
haz el favor de esperar.

Puede sonar repetitivo, pero...

¿dónde 

coño

estás?



A pesar de los listados

A pesar del hielo que rascar en el parabrisas,
del bajo cero y, sólo a veces,
bajo mínimos,
del alma con esguince, 
los halagos,
las sonrisas.

A pesar de los ojos miopes con lentes de contacto,
las pieles de contrabando,
el estraperlo
de renglones torcidos sin dios,
mis puertas, tus ventanas,
las luces encendidas.

A pesar de las plumas de edredón sin tinta,
de la resurrección de los casetes,
los tamagochis muertos,
los impares y los primos,
las consolas 
del cuadro de mandos del olvido.

De Madrid, 
del yoga,
los hospitales en el mapa,
los puntos sin sutura.

A pesar de los interruptores
que me apagan en tu mente y en tu boca,
de las críticas destructivas,
los eres la hostia...

las fotos de las cartas boca arriba.

A pesar de todo.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Tesoros de mochila

buscando en la mochila esos dos gramos de locura,
así te imagino,
intentando encontrar la cola de carpintero
en el bolsillo de al lado,
para reparar los escalones rotos.

caminando calles de madrugada en camisón blanco
hecho jirones,
después de caerte de la cama,
consecuencia de mi adicción 
a los espejismos de fotograma... perdida,

asustada.

intentando redimirte al pagar con segundos robados
poemas escondidos en anuncios por palabras,
sin acordarte
de que duermo con la luz encendida contra las marejadas, 

contra tu mar.

buscando en los cajones de la cocina
las razones, los cordones de las botas de caminar.

sabes que odio la rima fácil
pero olvidé escribirte en la nota
que no me llevé mis llaves,
que las dejé colgadas en la esquina izquierda de tu boca,

y la respuesta
es romper los horarios a polvos,
es el metro,
es Benedetti,
eres tú y un par de cañas,

y en invierno...

son las sábanas. 






Domingo

Anoche escuché tus pasos
sordos sobre la madera.

Seguro que caminabas descalza
por no despertarme.

Quizá temías que te descubriese
detrás de la puerta entornada,
y yo
te escuchaba latir con los ojos cerrados
para que no huyeras.

Y esta mañana, en lugar de café,
me he tomado una copa de vino 
con las tostadas, he brindado
con la sombra de tu sombra en el pasillo
antes de limpiar la casa.

He comido,
he lavado los platos,
me he cortado las alas con el cuchillo del pan
antes de guardarlo, 
jodido
porque todo me sabía dulce
menos una gota de tu sexo salada,

y he intentado dormir 
por si volvías,
por si esta vez,
imagina la cordura,
se te ocurría desnudarte dejando el invierno en Madrid
huérfano de tu cuerpo,
golpeando la ventana.



jueves, 25 de diciembre de 2014

Salas de espera

Me gusta imaginar la memoria como una maleta llena de postales. Unas tan recientes que aún podrías correr la tinta pasando sobre ellas la yema de los dedos, otras en sepia, con los bordes mordidos por ratones grises de desván, y matasellos de lugares exóticos que antes eran tu casa, y se quedaron empapados en los andenes.  

Pero es una maleta que no puedes abandonar, como esos maletines de joyero esposados a la muñeca, imposibles de robar si no es amputando la carne, que nunca se perderán girando en la sala de recogidas de ningún aeropuerto. 

Todo tiene sus contras.

De todas, las postales que más me gustan son ésas cubiertas de tachones, las de la letra que tiembla insegura con las manos heladas en el invierno de cualquier puerto del sur, las que se guardan durante años apartadas del resto, dentro de la caja de tus zapatos favoritos. Ésas en las que llegas a un acuerdo con el remitente para continuar la guerra después de cualquier tregua, las nuestras, las de los finales abiertos con capítulos de resurrección, las que he dejado en el armario detrás de las mantas para que no cojan frío.

Supongo que no te gustan los carteros con guantes o, como me he mudado, todavía no has encontrado mi dirección para este invierno. 

Y yo, mientras tanto, abriendo el buzón vacío y, de vez en cuando, mirando hacia arriba antes de que se cierre la puerta en el portal, por si los aviones de papel desde la azotea. 


pseudopatologías

Me ocurre a veces, 
comienza en el costado izquierdo,
sin síntomas previos, 
con motivo aparente, 
sin luces parpadeantes en el salpicadero. 

El aire que me rodea es un jersey demasiado pequeño, 
un regalo de navidad sin talla
comprimiendo el pecho.

La habitación se vuelve incómoda, 
fría, 
los ojos buscan sin darse cuenta algo de escarcha en las paredes 
y las muy putas se estrechan.

Es un ajuste de cuentas de callejón a oscuras, 
un recibo sin pagar, 
un asunto pendiente,
una puñalada una deuda un dolor de riñones,

un tu ausencia en pantalla grande
para tocar los cojones. 

Y así está siendo diciembre, 
yo buscando una farmacia de guardia para comprar aspirinas
o algún chute narcótico que me ayude a dormir, 

sin receta,

sin ti.

Una comisaría donde denunciar tu recuerdo
por acoso sin derribo.




domingo, 21 de diciembre de 2014

La Cuesta de los Ciegos

Todavía persigo las resacas productivas,
las del corazón indigente del abrigo roto
pasando frío en el baño al amanecer,

y a las deudas de la memoria,
ya ves,
firmadas en servilletas
y en etiquetas de Mahou.

En Madrid había anoche rincones sin Navidad
ni caza de regalos por contrato,
y una Cuesta de los Ciegos en penumbra
que se guardaba tu sombra en el séptimo escalón,

donde me senté a respirar...

y a (des)esperarte.

La ciudad llena de esquinas hacia arriba y hacia abajo,
y yo,
imagínate,
perdido en la ruta hacia palabras de otras
sin dejar de buscarte en cada cruce de caminos,

y tú,
no lo sé.

Menudo imbécil.

Me jode llevarte a la espalda y no a la cintura,
me jode no sujetar tus caderas contra las calles,
ni atar tus cordones a tus muñecas
para follarte y leerte después.

Es síndrome de abstinencia 
vomitando renglones con caries por la yema de los dedos,
desdentados,
que no sirven para cortarte.

Son la línea de meta y de salida
tocándose en el colchón.

Por eso bebí tanto anoche,
porque no sabía explicarme,
porque todavía persigo las resacas productivas
de corazón indigente y abrigo roto y hambre y frío

y, 
a veces,

disculpa la decencia,

a ti.







domingo, 14 de diciembre de 2014

Huesos rotos

Tenemos un nuevo inquilino en la lista de por qués. 

Trece de diciembre y has vuelto con la lluvia. 

Bueno... tú no. Han vuelto partes de ti como contraste de escena a la fotografía en blanco y negro de la ciudad esta mañana, como esos dolores de hueso roto que regresan con la humedad. 

Pero lo cierto es que he buscado en el armario del baño un par de comprimidos de ésos que guardaba con tu nombre contra la sed, y me los he tragado con el café del desayuno. Deben de ser las secuelas del coma profundo, o del punto y coma con el que firmaron tus caderas el adiós, o de que estoy cansado de contar hasta tres y las noches de fiebre me duermo en uno y medio. 

Y la pregunta vuelve a ser por qué. Por qué tienes que quitarme también la lluvia. Es mía. No la recojas en tu ombligo, no le pongas tu vestido rosa cuando sumé el deseo de un cuerpo al de toda su sangre por primera vez.

Quítale tus sandalias.

Aléjate. 

Ya tienes todo lo demás. Los anuncios de condones, una colección de poemas sin rima, un barrio entero de Madrid, los paraguas, la frontera oeste de mi vida, las lentillas, los autobuses... 

Joder, es suficiente. 

Si no puedo llover sin preguntarme dónde te mojas, voy a tener que mudarme. 


jueves, 11 de diciembre de 2014

Maldita diferencia

Al final resultó que el insomnio es lo contrario de la falta de sueños, 
que no dormir es llenar un cenicero sobre las sábanas 
y no sé cuántas pulgadas de teletienda para solteros. 

Al final resultó que mis ojos abiertos de madrugada 
no se tratan con infusiones ni porno ni pastillas ni páginas. 

Que nada de eso sirve. 

Que a veces la soledad dibuja caras en las paredes 
y ya no te quedan trincheras. 

Y escribir tan sólo ayuda para vaciar la tripa revuelta, 
pero los párpados siguen ahí arriba y la fase REM 
la alcanzas en Spotify sin saber inglés, 
ni las jodidas letras. 

Es lo que tiene haber sido adolescente en los noventa 
y sospechar por qué Cobain se voló la cabeza. 

Y al final tú y yo sumamos tragicomedia,
y la frontera la marca la cantidad de cerveza 
y si al mirar arriba de vuelta a casa
la luna está en creciente o está muerta,

si habrá festival de carne y bocas
bajando tus bragas y tus cordilleras,
o un solo de teclas de marfil sobre las aceras,

si estás o no estás...

ésa es la maldita diferencia.







Deudas

Anoche me miró a los ojos
una de esas enfermeras del olvido
que suturan,
desinfectan,
y se ríen de tu destino
colocando su mano izquierda entre tus piernas
en la barra de un bar.

Se ha marchado esta mañana.

Su lado del colchón está caliente.

"Suerte con las letras, escritor...
me debes una."

Suerte en la maleta, 
chica sin nombre.

Estamos en paz.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Fueron ellos

No pude evitarlo,

de verdad.

En realidad fue culpa tuya,
o del sistema,
o de todos los que firmaron mi carnet de conductor suicida hacia tus piernas.

Pero fue más tuya.

De tus paréntesis en la arena...
del desierto,
de madrugada.

O de tu boca,
de tu espalda desnuda cubierta de morfina,
tratamiento agresivo contra mi vacío y mis dolores de cabeza.

También de los vagones contiguos equivocando el billete,
del andén la lluvia los tatuajes,
de mi tripa,

de mi psicóloga.

Pero fuiste más tú.

Tu amor en cuadrantes de rotulador de oficina
que yo necesitaba borrar de sudor contra tu sexo
en honor a la vida.

Tus tobillos,
tus huellas,
la cicatriz de necesitar de verdad que te falta,

y que no duele tanto.

Fue el artículo veinticuatro barra tres
de mi derecho a quererte.

Los miércoles,
los nudos en las gargantas,
el carnicero,
la zorra que te pone mala cara cuando te vende el billete de vuelta
hacia mí.

También yo al escribirte cien páginas.

Pero eso era respirar,
era miedo a la asfixia.

Fuiste más tú,
y tus ojos por mirarme detrás de las cortinas,
y tu piel por envolverte.

Me quedé sin frenos,
me costó tres costillas.

Fueron ellos pero,
sobre todo,
tú.

No sé si me explico.




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