sábado, 23 de agosto de 2014

Fundido en negro

El final. 

Una especie de acantilado de instantes y reproches rompiendo contra las rocas, que acompaña el silencio de la habitación, el de la cama, el de las paredes… el que rodea ese cigarro de madrugada asomado a una calle dormida y vacía y fría… y muerta. 

¿Cuántas noches puedes pasar escuchando tus latidos? 

¿Cuál es el límite?

El vagón está lleno, claro, y los únicos bolígrafos que tengo, en señal de respeto, se lo agradezco, son de tinta negra. Pero yo sigo leyendo por los túneles de Madrid, rodeado de cuerpos indiferenciados, indiferentes, y sigo subrayando cualquier verso de sexo y estómago como si fuera a leértelo después… 

como si fuera antes. 

Me pregunto si eso es el final, si en eso consiste, en mantener las costumbres intactas hasta que las haya devorado la ausencia, hasta que la erosión las haga desaparecer después de deformarlas y darles un aspecto ridículo. Tanto como mi reflejo en la ventanilla cuando el tipo sentado enfrente ha guardado su móvil, y se ha levantado llegando a Argüelles, el muy cabrón, dejándome cara a cara conmigo, aquí, en el maldito metro, con un libro en la mano, subrayándote poemas por la izquierda a cincuenta metros de otra estación… 

bajo tierra.

Y todo ese catálogo obsesivo de comparativa en el bolsillo, cuando la mente se pone a pensar en absurdo, y ya no hay ojos marrones si no más o menos marrones que los tuyos. Ni existen bocas pies pezones sonrisas, que no tengan que ver contigo, como si al marcharme te hubieras caído en el centro de todas las escalas. Y las ojeras que esperan en el andén ya son ojeras, y no ese malva sucio de mis noches que vestías a veces después de clase… y me volvía loco… 
y culpable, 
y con agravantes, 
y premeditación, 

y puta vida.   

Y al final el final es un tintero que gotea, quién iba a decirlo, y nosotros sin escoba ni cojones para barrer las calles, y una esquela sin edad para el maki de atún sobre tu ombligo, y fobia a los caramelos de limón sin tu garganta, y unos cuantos libros por correo que no han llegado a tiempo y no pienso devolver.

Y al final el final es esto, náuseas y cerveza y ron, y un paquete con retraso entregado a la memoria por un cartero borracho, cuando el destinatario era el olvido.

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