Estoy haciendo la maleta para huir de la escritura en femenino singular, más concretamente, la de tu cuerpo y mi soledad. He guardado la ropa, la pasta de dientes, y, en la otra esquina, un bosque entero animado en papel como guía de viaje. He marcado en rojo el lugar donde pienso abandonarte, he subrayado el cuento, y quizá lo lea en voz baja sentado en medio de la fraga, ya conoces mi tendencia a todo lo ceremonial cuando lo que te dejas son 21 gramos en la historia, o lo que sea que pese el maldito alma.
El problema es que eres tan obstinadamente tú, tan tus pies y tus entrañas, que te vas a presentar en medio del ritual, como una diosa pagana de sexo mental, y voy a olvidarme de cerrar con llave la caja de tu recuerdo. Como esta mañana, cuando he recibido aquel pedido que no pude anular después de tus barricadas, y he abierto el libro de Grandes por la dedicatoria, ése que me recomendaste, y A Luis, medio millón de veces, y la vida o el destino o el basurero de estos días se ha descojonado en voz alta, y tú, qué extraño, mirando para otro lado a carcajadas de olvido en medio de una violación intelectual póstuma.
Lo he supuesto consecuencia de la omnipresencia, pero me ha jodido.
En un par de días te clavaré una lanza en Cecebre.



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