Sólo veo destrucción, basura, restos de elementos vagamente consumidos que se arrojan. Hombres de cuerpos al límite del desmembramiento, que caminan. Existe un nuevo peregrino que se encorva para recoger el ventilador de oferta en Carrefour. Es la victoria de la ciudad bajo la cúpula. El verano inabarcable de la vulgaridad.
Pasan ante mí.
Pasan con sus carros y sus sandalias mientras trabajo.
No soy diferente, no difiero en esa necesidad de movimiento en los objetos, externo a mí, externo al ovillo de persistencia que me encapsula, que me impide la contracción, la traslación física de las extremidades.
Alejadme del exceso de lo concebido.
Dejadme al pie de la montaña.
Cuando recupere la movilidad, cuando el charco de quietud reciba la primera ráfaga de viento, quizá me dé por calzarme.
Quizá.
Y quizá también mire hacia arriba, hacia el desnivel inmaculado y use las manos para elevarme en lugar de usarlas para el tacto común, para la cuchara o para la tela.
Seguiré durmiendo, mientras tanto, bajo el efímero placer de la rotación de las aspas de mi nuevo Orbegozo. Apiádense de mí. Observen la espera del día.



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