Sólo veo destrucción, basura, restos de elementos vagamente consumidos que se arrojan. Hombres de cuerpos al límite del desmembramiento, que caminan. Existe un nuevo peregrino que se encorva para recoger el ventilador de oferta en Carrefour. Es la victoria de la ciudad bajo la cúpula. El verano inabarcable de la vulgaridad.
Pasan ante mí.
Pasan con sus carros y sus sandalias mientras trabajo.
No soy diferente, no difiero en esa necesidad de movimiento en los objetos, externo a mí, externo al ovillo de persistencia que me encapsula, que me impide la contracción, la traslación física de las extremidades.
Alejadme del exceso de lo concebido.
Dejadme al pie de la montaña.
Cuando recupere la movilidad, cuando el charco de quietud reciba la primera ráfaga de viento, quizá me dé por calzarme.
Quizá.
Y quizá también mire hacia arriba, hacia el desnivel inmaculado y use las manos para elevarme en lugar de usarlas para el tacto común, para la cuchara o para la tela.
Seguiré durmiendo, mientras tanto, bajo el efímero placer de la rotación de las aspas de mi nuevo Orbegozo. Apiádense de mí. Observen la espera del día.
viernes, 24 de agosto de 2018
jueves, 23 de agosto de 2018
Madurez
En esta inmensa corrala,
en este Madrid con capilares de piedra,
se me han perdido el campo, el maíz,
y el verde opaco del agua
de las caceras.
Se me ha ahorcado un crío en la cocina,
hoy,
y se me ha meado en sus zapatitos de tela,
en el instante último, ahí,
balanceándose
en ese cadalso improvisado.
Velaré, quizá, esta noche,
para descolgar su cadáver
y mañana saldré
con la sangre ya estanca,
mañana,
camino del trabajo.
lunes, 20 de agosto de 2018
Regreso nocturno tras lectura de metro
Echarás de menos caminar invisible
El austero paso, tan callado, de las fachadas
La desnudez de la transparencia
Cuando te atraviesa la luz
Al tiempo que las miradas.
Echarás de menos
Esta ropa de soledad que no se mancha,
Colgada allá en la percha,
Igualita que la piel, cada mañana.
Y añorarás la calma
Cuando alguien te reconozca.
Pero no hoy.
Hoy beberás una cerveza
Que llegó como el remedio hasta tu casa
Porque se ha muerto la Arminda
Y se ha muerto la Arminda entre las páginas,
Y llegaba el tren a Tirso,
A tu parada,
Y tocaba caminar,
Y Madrid no anda de luto
Sino mansa.
miércoles, 8 de agosto de 2018
El encuentro
Acudí a la encrucijada con mi guitarra al hombro y el cruce de caminos era un suelo de mármol. Llevaba las sandalias atadas a los tobillos, yo, y una ligera sombra.
Apareció.
Apareció como debe aparecer la muerte, con su rostro de lujuria, con luz y brillo de gusano, con su sexo enorme cubierto de pelo y la garganta húmeda.
Me señaló.
Me señaló con sus dedos de cabrón negro, de cuerda, de blues, de clavija para los desamparados. Aparté de mis ojos una esquela con mi nombre. Impidió que me arrodillara de una patada en la entrepierna y me empujó a la niebla, densa y rasa, que me cubrió cuando la boca dio de bruces contra el barro.
De aquel esperma nació una nueva criatura, una que mueve los dedos como el diablo, que se queja como un perro con manos, que se amamanta del sonido que soléis escuchar en las azoteas.
Que soléis escuchar en las azoteas.
¿Escucháis?
lunes, 6 de agosto de 2018
Naufragio
Me desespera a veces
esta brisa ligera del anonimato,
de la inexistencia,
esta indefensión del lamento que no se escucha.
Me desespera a veces el hueco,
el vacío,
el monstruo.
Es en estas noches de ceniceros haítos de ceniza,
en estas noches,
siempre noches,
cuando me abrazo a cualquier cadáver hinchado
sin velas
que izar.
esta brisa ligera del anonimato,
de la inexistencia,
esta indefensión del lamento que no se escucha.
Me desespera a veces el hueco,
el vacío,
el monstruo.
Es en estas noches de ceniceros haítos de ceniza,
en estas noches,
siempre noches,
cuando me abrazo a cualquier cadáver hinchado
sin velas
que izar.
Si pudiera
Lucha como un espigón,
como una proa.
Se yergue invencible,
minúscula ante el tiempo
y el lugar.
Si la noche arrecia
se ve inversa ante el reflejo.
Ojalá pudiera
apuntalar su espalda con las manos
como si fueran de un material recio,
sólido
como el invierno.
Pero, ¿qué puedo ofrecer yo?
Peregrino de mi ausencia.
El sexo del poseído, del hambriento,
la brújula indispuesta
que se ausenta
y un café,
alguna mañana,
como si pudiera despertar.
domingo, 5 de agosto de 2018
Metamorfosis
Te echaré de menos cuando acabe
este grito inaudible de desierto,
el tenue aroma de mi descomposición.
Cuando sea nada
o ya sea grande,
te echaré de menos
como a cada puerta cerrada que persigo.
Ignoro el desenlace,
el veredicto,
la resolución.
Quizá mañana me despierte siendo una raíz,
una elongación decidida de mis huesos
y, ya inamovible,
se me entregue el alimento
más allá de la superficie.
Qué pálidos serán mis dedos entonces,
como si nunca
hubiesen tocado.
Con la tecnología de Blogger.


