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martes, 1 de diciembre de 2015

Indigestión hostil

Los enemigos de Nadie son,

dos puntos,

la gilipollez primigenia
que roza la pandemia,
¿dónde están las oenegés? 

Los versos adolescentes,
tuiterianos, 
feisbuqueros,
pudrementes,
enarbolados en vano 
por tipos de más de veinte...

¡Por el amor de dios!

Deberíais estar en la trena 
por homicidas
de mil tormentas de arena,
siete polvos de guijarro,
de cocina,
dos semáforos rojos

y de todos esos ojos que han llorado poscoito
e ignoráis 
por un puñado de grupis,
mis queridos profetas, 
mesías del mundo de las niñas probeta. 

En fin,
perdón por la pausa... continuemos el listado, 

Nadie siente incomodidad genital con,

dos puntos,

los galeones sin bucanero,
los galones sin pistolero,
los calcetines,
eminentemente tuyos,
que te me esconden los pies
de las tiritonas del invierno,
y por supuesto, 
con los taxis de retorno en solitario,
los bocados en el fondo del armario,
las llamadas sin respuesta a las cuevas del averno...

Pobre mártir de caretas de contrabando,
de hernias inguinales,
de impotencia mental ante todos los finales.

Pobre combatiente
de un solo insurgente civil,
odiante vocacional,
amante 
por vacaciones de algunas arritmias ajenas,
patriarca 
de un manojito de penas, que este enero se tatúa 
aquella cita de Petrarca.

Nadie tiene enemigos,
es cierto,
pero vamos a hilar fino, 

son sus putos intestinos.










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