En esta inmensa corrala,
en este Madrid con capilares de piedra,
se me han perdido el campo, el maíz,
y el verde opaco del agua
de las caceras.
Se me ha ahorcado un crío en la cocina,
hoy,
y se me ha meado en sus zapatitos de tela,
en el instante último, ahí,
balanceándose
en ese cadalso improvisado.
Velaré, quizá, esta noche,
para descolgar su cadáver
y mañana saldré
con la sangre ya estanca,
mañana,
camino del trabajo.
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