Es la palabra de la noche.
Con principio
pero sin final.
Igual que una competición eterna
o una paradoja visual de Escher
que comienza con un trazo
o igual que tu imagen.
Sempiterno.
Como si el vacío fuese ineludible,
incluso metódico, en su afán,
o universal
como mi verborrea de borracho
o un ojo esculpido en cámara estanca.
Qué difícil es llegar a casa
con un puñado insectos bajo la piel
que se han vestido con tu cara.
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