¿Habrá una oración para mí?
¿Una plegaria?
¿Una curva grotesca, quizá,
en la boca de un alguien
externo
al que yo le duela?
Yo, que me he visto morir
en laberintos imaginados,
que huyo aún del minotauro
por las calles de Madrid,
que me despierto cíclico ante la pared,
que asumo la sonriente soledad
de mi cuerpo de mancha,
de la última inhalación...
Yo...
Caigo cada noche en la paradoja
del pánico insolente a la insignificancia,
al olvido.
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