Transcurre Madrid desde del taxi,
una noria en penumbra,
una atracción inmisericorde
que no detiene su giro
jamás.
Pasa,
sucede,
se muestra
un escenario perpetuo ante mis ojos,
no tienen fin
las calles empapadas, son
lo mismo que cadáveres de llanto.
Es eterna mi acera,
losa de hombre
que trunca el alimento a las raíces,
que sólo permite colillas,
restos de paso
y de pulmón.
Duerme ahora,
tras la ventana,
como la gran puta que me encierra.
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