Me tumbaba en su cama.
Miraba al techo.
Odiaba la sordina.
Y él, con seriedad, pasaba las hojas de las partituras. Recuerdo un busto de Beethoven, blanco como de marfil, como de tecla. Recuerdo los intentos vanos y los de la victoria. Nos recuerdo. Uno luchando por un cielo, el otro huyendo de la nada.
Hace más de veinte años ya, que me contó aquello de la inverosímil longitud de los dedos de Rachmaninoff, que me prestó los discos que ahora miro en mi balda de cristal. No llegué a escucharlos todos, compañero. No he llegado a preguntarte nunca por el porqué de la distancia, del luto de las noches que me acosan hoy en la memoria.
No ha llovido tanto en las trincheras como para que el barro sea olvido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario