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sábado, 22 de julio de 2017

Posrevolución

Yo creí en el alzamiento de las calles,
en la constancia 
que alimenta el desagravio.

Lo juro.

Yo tuve fe en el lumpen y el barrio,
en su agitar de ramas,
en la raíz oscura y gruesa
de sus proclamas.

La tuve.

Pero no hay revuelta en la contienda
si le faltan los tobillos al soldado.
Si la infantería está muerta,
¿para qué coño sacamos los caballos?

Mi España narcótica 
duerme al pobre con sus regalos
y es feliz en su miseria,

miseria de desangrado.

Mudanza (u oda en prosa a una buhardilla que se deja).

Casi conseguí que esto fuera mi casa, con sus techos inclinados más allá de lo recomendable en los regresos de madrugada, con esas ventanas recolectoras de lluvia, con sus paredes marrones, obra de mi oscura lujuria. Debí aprender a llamarlo hogar mucho antes, la primera vez que leí o cuando entró el primer amigo o cuando se escapó la última esperanza o aquella tarde que olía a cañería desde la cama. 

Ahora desembarca la despedida como un polizón que golpea la puerta con los nudillos.

Es el adiós.

Puro.

Sin mancha.

Me llevo los muebles, por supuesto, las estanterías, los libros y los gatos, pero algo se queda, un algo como transparente o de un color azul apagado de agua, algo que he rozado mientras rondaba la esquina de la habitación. Una sombra de cuerpo indescifrable, una entelequia que vaga y se comprime y se expande y llora como una plañidera mal pagada.

Quiere que me vaya.

Quiere frotar su piel en mi ducha, lamer en éxtasis la sal que me dejé en las grietas de la encimera. 

Impostora.

Esto fue mi hogar, un lecho de pluma para mi páncreas, y yo casi nunca le di ese nombre. Aquí va a dormir algo, algo mío, cuando me vaya, algo que, imagino, fue yo.


sábado, 15 de julio de 2017

Breve ataque de vanidad (o terror)

¿Será la misma esta ciudad cuando no me contenga? 
¿Sentirá un temblor mínimo al ser libre de mi mediocridad, de mi arrogancia de copista del pánico? 
¿Acaso formo parte de su enorme cuerpo, de su cadencia, como un órgano diminuto, como una minúscula patología?
¿Se degradará alguna piedra muerta que la compone?
¿Notarán el leve murmullo de mi no ser las alcantarillas?

¿Será la misma?

Quizá las avenidas y las plazas extrañen por un segundo mi goteo, quizá guarde un breve luto la esquina. 

Quizá. 

El delgadísimo tronco seguirá creciendo en la linde de la acera pero ¿le corresponderá a su suma un aliento menos? 
¿Notará Madrid una ligereza desconocida cuando no duerma en sus colchones?

Quizá.

Habitante tenaz de la ignorancia, de la pregunta como sustento, temo que no lo sabré jamás.
No sabré 
si soy parte o alimento.

lunes, 10 de julio de 2017

Elector

Elegí la palabra escrita como sudario,
como tenaza de hierro
para arrancarme las uñas.

Elegí el papel
como relicario,
como gasa estéril.

La confesión a la tortura,
la muerte a la sepultura,

la muerte 

en solitario.

Me quedé con el grito
y la página como rito de extremaunción. 

Elegí la palabra escrita como sudario,
como charla de taberna,
como vértebra,
como laceración sucia y eterna, insensato... 

yo la necesitaba

como cañón.

No existe el mediodía

Se acerca el cuadragésimo otoño,
perdura 
su continuidad de saga.

Veo su rostro de pergamino.

Lo escucho.

Escucho sus pulmones 
multiplicando el volumen,
el quejido del gas desechado
en su miserable respiración.

Se acerca.

Me avisó el sueño extraño
de esta noche,
me avisan las calles,
los parques, 
los balcones, 
los vestidos rojos 
de los escaparates.

Vuelve por su diezmo,
lo sé desde hace días,
por el alimento 
de su ocre existencia

y vuelve famélico.

Seré anfitrión de mi verdugo,

seré yo

de nuevo.