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sábado, 22 de julio de 2017

Mudanza (u oda en prosa a una buhardilla que se deja).

Casi conseguí que esto fuera mi casa, con sus techos inclinados más allá de lo recomendable en los regresos de madrugada, con esas ventanas recolectoras de lluvia, con sus paredes marrones, obra de mi oscura lujuria. Debí aprender a llamarlo hogar mucho antes, la primera vez que leí o cuando entró el primer amigo o cuando se escapó la última esperanza o aquella tarde que olía a cañería desde la cama. 

Ahora desembarca la despedida como un polizón que golpea la puerta con los nudillos.

Es el adiós.

Puro.

Sin mancha.

Me llevo los muebles, por supuesto, las estanterías, los libros y los gatos, pero algo se queda, un algo como transparente o de un color azul apagado de agua, algo que he rozado mientras rondaba la esquina de la habitación. Una sombra de cuerpo indescifrable, una entelequia que vaga y se comprime y se expande y llora como una plañidera mal pagada.

Quiere que me vaya.

Quiere frotar su piel en mi ducha, lamer en éxtasis la sal que me dejé en las grietas de la encimera. 

Impostora.

Esto fue mi hogar, un lecho de pluma para mi páncreas, y yo casi nunca le di ese nombre. Aquí va a dormir algo, algo mío, cuando me vaya, algo que, imagino, fue yo.


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