Un hombre escuálido,
de barba sideral,
con hechuras de desaliño,
me señala desde la balda tercera
de la estantería.
Te escondes, cabrón,
murmura,
su bisbiseo de culebra y poción
me tortura el tímpano.
Te condeno
a la invidencia ajena,
al chaparrón a solas,
te condeno a la condena
del cristal,
al hielo
y la transparencia.
Te escondes, cabrón,
repite y susurra,
y su aliento apesta a corrupto,
a habitación,
a mierda
y a usura.
Tiene boca de jurista,
de llevar tiempo tras mi pista
y las uñas de yeso
por rascar en mis paredes.
Me escondo, cabrón,
sí,
es así como sucede.
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