Los perros del descampado
juegan con ramas de hiel,
segregan la rabia hervida
del desamparo,
hieren sus hocicos rectos
para comer.
Occidente siempre será
almirante en el delirio de su ocaso,
ese cantero abismal
para todas las raíces minerales
del descanso.
Y los perros del páramo aúllan
con presencia de esqueleto,
consumidos seres del polvo,
en silencio
y en secreto.
Tan desnudos,
tan nazarenos,
van con su boca de barro
pagando el pecado ajeno
y su lengua es descomunal.
Morirán por todos vosotros,
miradlos,
miradlos agonizar.



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