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viernes, 10 de junio de 2016

Porteños en Madrid. (Para Claudio Lier, con amor.)

[Madrid. Malasaña. Una joven que conducía en ropa interior y descalza, abandona coche y acompañante bloqueando la calle. Se dirige al metro ante el estupor de Daoíz y el asombro de Velarde.]

Tiró del freno de mano
en la calle de la Palma.
Justo enfrente de Arrebato,
la mina perdió la calma.

Vestía sostén y bragas,
calzaba locura y llagas.
Doctora en psicología,
fue, al parecer, aquel día
el de la hora señalada.

Bajó del coche tan pancha,
semidesnuda su estampa.
Él cometió el gran desliz
de respirar en Madrid
la boca que no tocaba.

Transeúntes y fulanos
admiraron las hechuras
de la ninfa perturbada,
que se coman los gusanos
esos ojos sin ternura
que merecen sepultura
cuando miran y no pagan.

El pibe quedó en el coche
sin carnet y sin palabras,
tres claxons y algún reproche
voceaban a las bravas.

¿Qué vas a hacer, boludo,
con semejante percal?
Al volante eres tan mudo
que ni sabes aparcar.

Así que el bueno de Claudio,
ahora sito en Lavapiés,
medio infartado el miocardio
y con los huevos del revés,

fijó el metro a su destino,
como un lobo clandestino,
al grito amargo de “pies,
emprended raudo camino…
para qué os quiero, ¡pardiez!”

Un huérfano utilitario
bloqueando el vecindario
es un problema menor,

cuando juntas tus junteras
a lomos de una cualquiera
que se caga en el amor.



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