Y cada amanecer
es un cataclismo,
las aceras
se le abren como
labios secos bajo las sandalias.
Un epitelio de
cemento
achicharrado al
sol de junio.
Y en Madrid no
queda un maldito plenilunio
donde la loba
amamante más crías
que esos monstruos,
con todos los
dientes astillados,
que le mienten
cada día a los tejados,
que gangrenan los
tobillos, que los quiebran,
que cocinan con
sus tripas
su estofado atroz
de menudillos.
Su cabeza es el
ring;
el aspirante un
David sin armamento
que lucha por
arañar ese momento
en que soltar el
puño a las pelotas
de un gigante traidor
y musculado,
untado por el
miedo.
Un golpe bajo y
vital
para salir de la
cama,
para mearse en
los suburbios del papel
con que fabrican el
programa del combate,
la guía cruel
de la ruta al
melodrama.
Y ella late,
late,
late…
Derribará las
columnas de los templos,
los altares del
vestido del lamento,
como cada día.
Yo trato de ser
vigía en la tormenta,
hacerle recoger
velas,
matarle de sed
los naufragios…
votar por la
esquela de su duelo
allá donde
convoquen el sufragio universal.
Y algunos ratos lo
consigo,
a pesar de todo eso,
de mis nanas, de mis huesos
encostrados de salitre y de sudor...
a pesar de todo eso,
de mis nanas, de mis huesos
encostrados de salitre y de sudor...
y de mendigo.
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