Somos hijos del
asombro,
de la fábula,
gestados vírgenes
en un útero de ignorancia.
Somos crías
en medio de la
jauría,
seres
sin desarrollar.
Pero lo hemos
olvidado.
Nos pintaron el
metro de facturas,
como un tugurio
de subsuelo,
y nos rendimos.
Y los trenes ya
no son
serpientes mitológicas.
Ahora nos
digieren
en sus barrigas
de ciudad.
La digestión sabe
a hierro.
Suena a hierro.
Vomita hierro.
Nos arrastramos,
ciegos a las
azoteas,
desgarbados
habitantes de la mediocridad,
charcos de fluido
espeso,
hacia las oficinas.
¿Cuántos lloráis
de noche sobre el colchón?
¿Cuánto ven
los ojos grises
de niebla y de polución?
Os digo
que somos hijos
del asombro,
de la fábula.
Pero lo hemos
olvidado.
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