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miércoles, 27 de abril de 2016

Nana a la pena de Skanderberg

Hace un puñado de días
me lo persigue una sombra,
de ésas que poco se nombran,
de ésas de antología.

Flequillado desconsuelo,
mártir de la abogacía,
habitante de barras en celo,
solo o en vil compañía.

El tipo con más talento,
y no es una simple opinión,
de los que me dan el sustento
de los verbos de aguijón.

Espero aún esa oda
que prometió a la almorrana,
su bilis contra la moda,
la muerte de su desgana,

la castración del lamento
de un pasajero momento
de neblina por mañana.

Morirán las vacilaciones
de este tipo nacarado,
pues le sobran los cojones
y aquí el menda
anda a su lado.

Aunque haga un puñado de días
me lo persiga una sombra,
de ésas que poco se nombran,
de ésas de antología.


Madrastra

Madrid es mi madre paria
la barriga hinchada que gesta
mis pesadillas,
el flujo espeso y caliente
que riega mi coito ritual,

diario,

unipersonal,

con el pavor.

Es la escena,
es el telón,
enferma de violadores,
de escoria y de trovadores.

Enferma de mí.

Yazgo desmembrado
en sus vertederos.

Madrid despierta,
desnuda y carcelero,
vomitada cada puerta,
cada asiento,
cada tren.

Madrid es mi madre paria,
mi lugar,
mi cadena epistolar con la existencia.

Es mi furcia, mi ramera,
casi nunca a la primera,
yo su indigno pagador.

Esa será, sin rencor,
su más profunda y odiada
penitencia.

miércoles, 20 de abril de 2016

Arenga al españolito enclaustrado

El indomable Nadie,
en su carrera delictivo verbal,
borracho de pensamiento,

palabra,

obra,

insumisión,

se incorpora sudoroso en su lecho,
harto de vagar cara al techo,
para advertiros del peligro.

La insurgencia enmudece,
compañeros,
a las aulas vuelve el clero,
a las cloacas la utopía,
se nos mellaron los dientes
mordiendo platos calientes 
en casita de mamá.

Ya acabó la antología de lemas,
ya regresan nuestras penas
de rulo y peluquería.

¿Dónde están esas gargantas?

¿Dónde están?

Me avergüenzo de mis días,
de este apático esperpento,
de este capado lamento,
de esta revolución,

del esclavo malparado y mudo
que volvió a encontrar su escudo
en la amnesia del sillón.

Hemos perdido las calles.

Han ganado.

El metro apesta a redil,
a españolito cebado,
a muerto del buen dormir.

Y mientras tanto,
allá afuera está el espanto
de las trincheras vacías,
del hambre y la cobardía,

de las fronteras...

El insondable Nadie
llena de bilis el nórdico,
se cumplieron los pronósticos,
la condena es capital.

Ahora háblame,
si quieres,
de esta España,
sus placeres

y el orgullo nacional.