líquido,
incluso viscoelástico,
como una almohada que te envuelve el cuello,
o lo intenta,
cada noche,
para que no desvíes la mirada de mi dirección.
Eso es culpa tuya.
Y el regreso de los mensajes de las tres,
de madrugada,
cuando el asfalto de la eme cincuenta
no rellena los huecos que me esperan en casa,
pulso el micro del guasap,
y has tenido los cojones de dormirte.
Eso es motivo de odio.
Odio que crujas los huesos, coño,
y que encima me mires desafiante
como uno de esos acantilados gigantes
que niegan las playas a los náufragos.
Odio el "te jodes" implícito,
pero me encanta.
Y qué voy a decir de tu costumbre
de dibujarle fronteras a mi tragedia.
Con lo bien que estaba yo en el fango,
fresquito,
con algún polvo de estraperlo traficado en barras oscuras,
cagándome en todos los coles de curas
que, en su día,
me inculcaron cierta celestialidad al sufrimiento.
Que me gusto cuando sangro,
joder.
Y tú eres guapa,
y yo calvo,
y siempre vas con prisa,
y tu madre es un coñazo,
y las gatas muerden.
Te odio porque, a veces, tengo miedo de tocarte,
de que huyas a cualquier parte,
donde ya no quede yo.
Que lo sé,
que estamos en coma sentimental,
en arroba pornomental,
lo que quieras,
que no somos nada,
que le jodan al mañana
y todo eso,
pero tú me preguntaste
y no sé si son mil razones
pero pesan de cojones.
Que a ver cuándo,
de una maldita vez,
nos equivocamos
y me invitas a cenar.



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