Podemos decir que tu silencio es mi ocho de copas,
que lo carga el diablo en un revólver de tambor,
que es una trampa a la ruleta rusa,
que me vuela los sesos
en el escenario de cada llamada
y luego no hay dios que me limpie las paredes,
ni los muebles
ni los suelos
ni los sueños.
Podemos decir que tu silencio es mi mordaza,
la que le anudo a la nuca de Madrid,
de madrugada,
cuando me gritan las esquinas de Argüelles
mientras le hago el amor sucio a Malasaña,
la que engaña
mis intentos de acostarme de costado con tu voz,
de soltarle los ligueros
a tu pasado mañana.
Podemos,
si quieres,
decir que tu silencio es el burdel
donde pago al contado las palabras.
Podemos decir que es mi charco de nostalgias,
que no sale con lejía
pero se cita a diario conmigo,
podemos,
incluso,
ponerle un cartel
de ya no sé ni lo que digo.



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