Sánchez Barcáiztegui es una calle de Madrid.
Bueno, supongo que en realidad esos apellidos corresponden a alguien notable, a alguien que merecía ser recordado por algo que la mayoría no recordamos.
Es una lástima.
Vuelvo a empezar...
Sánchez Barcáiztegui también es una calle de Madrid.
En Sánchez Barcáiztegui, algunos domingos, en abril, los balcones siguen lloviendo después de la tormenta porque no se aguantan el agua, y caminas confiado esperando a alguien, como siempre sin paraguas, y te acaban empapando por la espalda unos cuantos restos de nube. Pero en Sánchez Barcáiztegui viven muchos más restos, y también hay tiendas, inmobiliarias, creo que alguna frutería, y un bar en el que firmé un contrato de amistad y reencuentro, que cumplía en diez años, y que respeté tarde.
Entre los coches aparcados de Sánchez Barcáiztegui, me dejé algo de magia y de veinte años que me reciben cuando vuelvo. Pero no vuelvo demasiado. En una de sus esquinas se ha hecho mayor un rasguño profundo, muy rencoroso, que no me saluda cuando paso, no inclina su sombrero porque sigue pensando que no merezco el regreso. Y tiene razón. Le he pedido mil disculpas, te lo juro, le he contado que jamás se me ha olvidado, le he dicho "mírame, estoy aquí... puedes ver las cicatrices". Pero no le sirve.
En Sánchez Barcáiztegui hubo un tiempo en que me moría por un beso.
Ahora,
por un abrazo.
Allí vive una chica que lleva un ratón en el llavero.
Es la chica de las sonrisas,
de la voz de niña,
del pelo negro.
Esa chica de Sánchez Barcáiztegui tiene mejor memoria que yo, y me cuenta capítulos que no recuerdo. Cuando lo hace, yo me siento culpable porque la quise, te lo prometo. Pero a veces se me esconde el pasado.
Ella guarda tesoros en su casa,
podría darnos lecciones
de dolores de muelas que se pasan,
de Sabina, de mus de cafetería,
de fiestas donde yo no estaba.
Incluso de amor,
y, por supuesto,
de lágrimas que merecen la pena.
A esa chica de Sánchez Barcáiztegui le prometí dedicarle mi primer libro, y no he cumplido mi promesa.
Ella lo entiende,
sabe que era tuyo,
y, en el fondo,
comparte mis motivos.
Esa chica es un regalo, aunque a veces se enfade contigo,
y yo...
yo lo único que quiero
son
muchos
más
domingos.
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