Sacude el alquitrán de la camisa,
cabello en polvo de lo sucedido,
y quiere ser otro.
Se viste de marquesina
para veros pasar
derechos
como el dedo que marca.
Y ve las barbas y los vestidos
desde su apariencia,
hace bailar entre los dedos
un puñado de monedas,
mago de la mediocridad,
observa
con la consciencia del todo
bolsas gruesas de supermercado,
colillas mudas
en bocas mudas.
Se arroja a su butaca,
suicida,
y mira.
Mira.
Mira.
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