Faraón en la intemperie,
escucho desde mi asiento
ladridos en la encía de las bocas,
escalafones,
heridas minúsculas que se arrastran
entre los cuerpos.
No quiero entrar.
No me vistáis
en la alcoba de lo cotidiano,
no me contienen los cajones blancos
de vuestras alacenas,
agitadas,
atestadas de alimentos.
No estaré en el baile
ni en el grano
sino aquí,
abrazado a mis cojines,
esperando.



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