Te vi,
baluarte sobre una escena de tumulto,
sobre la suciedad,
sobre el deshecho.
Accedí a ti
con el propósito necesario del deceso,
de la muerte a ratos,
de la rotura sistemática de cada falange.
Tras de ti, siempre la caída.
Pero no lo supe.
Fue el olor a hospital
impregnado en mis habitaciones,
el rumor del hueso que suelda,
las cafeterías.
Se me volvieron de barro los entresijos entonces
y ahora,
cuando viene el calor,
se me hace como de piedra la barriga.
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