Asaltaría tu balcón,
lo juro,
con vértigo
de niño descalzo de las afueras.
Me plantaría allí con mi bolso
y mi jersey,
con tabaco en el bolsillo,
con los mismos tatuajes.
Asaltaría tu balcón,
te lo juro,
tras una expedición de taxi
por eso de la urgencia,
que parezco un hombre muerto
últimamente,
estático,
con una leve hipoxia.
Erguido tras tu puerta,
amarrado a Madrid por la cintura
como un obrero de la reconquista,
sería capaz
de usar los nudillos contra el cristal
y de un rostro digno
como habitante de la sepultura
que regresa.
Saldría ahora de mi portal
como un presente de memoria
pero temo
no reconocerte.



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