Hay quien duerme hoy,
ya lunes,
pasada la una,
como si nada sucediera.
No conocen mi casa
ni mis pulmones,
aquí,
recogidos en una habitación minúscula,
bajo una pared de carteles
que colgué asimétricos
con mi nombre.
Ignoran mis ganas de silbar,
la preocupante superpoblación
de mi cenicero,
la intranquilidad de todos los paseos
entre paredes.
Duermen
alejados del aire que llena los espacios,
de la vigilia tensa que precede al día,
a la incógnita.
El insomnio es un semental de trote insaciable,
sediento de cuerpos,
abrevándose,
a veces,
de mí.
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