Yo viví en una buhardilla.
Hoy,
esta noche,
recuerdo sus paredes marrones,
inclinadas,
como de tierra,
como de tumba.
Un nicho pagano que me contuvo
igual que un lapso de realidad empaquetada.
Me asomaba a sus ventanas en ángulo
cuando llovía,
de pie en el sofá,
respirando
un pueblo que se me iba.
Olía los tejados.
Se sentaron en mi buhardilla,
unidos en una goma,
cromos de existencia,
amigos,
gatos,
cubiertos
y aquella boca entreabierta.
Dormí una noche en su suelo,
como si la madera
pudiera ser tu útero
o una cama.
Yo viví en una buhardilla
llena de libros,
a dos pasos de los jardines
y nada fue
como si nada.
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