Pasó el trece de marzo,
de nuevo puntual,
de doce a doce,
estricto
como un encerado de posguerra.
Hay más silencio, eso sí,
una ciudad distinta,
una taza de lata para la cerveza,
un basurero trabajando a medianoche
allá en la calle.
Pero las revoluciones siguen muertas.
Quisiera levantarme como cuando niño,
impasible a la grava de la carretera,
agarrar como si nada la bicicleta,
con las rodillas en carne viva,
y volver a casa para la cena.
Reabrir mis mapas
como si fueran, otra vez, el alma de la tierra.
Ha pasado el trece de marzo,
de nuevo puntual,
estricto,
sin tus manos en mi trinchera.



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