Una amígdala escarlata,
perpleja,
persiste en su hinchazón.
No soporta el rumor
de esta nube de harina
que respiro.
Viene de aquí mi ronquera.
De las plegarias
también.
La oración otorga
aspereza de lija a los tejidos,
el sonido se desgaja
desmembrado en turbulencias.
Mi voz es cada vez más grave,
como un dios que se apaga.
Uno más.
Es por eso
que no podéis escucharme.
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