A veces te miro
como si pudieras soportar mi carga,
como si los huesos rotos de mis hombros
fuesen guardianes de la fragilidad.
Cenamos,
vemos alguna película en inglés
y Madrid se olvida de la purga.
Al aliento,
compartido y desnudo,
le da por escribir la historia.
Pero por la mañana,
mientras duermes,
la soledad vuelve a ser el templo
de los hombres que ahuyentan el miedo.
No cabe nadie en esta celda.
El café
siempre lo sirve el destierro.
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