Si tuviera pulgares,
mi gata se pondría
un sombrero de copa,
visitaría con pasos de funeral,
por última vez,
el arenero.
Dejaría su mierda
enterrada en sílice
como un recuerdo.
Y abriría la puerta
y encendería la luz
de la escalera.
Movería el culo por el portal
con la dignidad de un preso liberado
y, en la calle,
buscaría la pierna del primer extraño
que mereciera la pena.
Si mi gata tuviera pulgares
no necesitaría mirarme
como esta noche
desde la cumbre de la alacena.
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