En agosto de 1.984,
mientras ganábamos la plata de Los Ángeles,
plata transatlántica distorsionada en el transistor,
miraba la calle
desde el cuarto piso de mis abuelos.
En el balcón ellos,
yo,
calor,
noche
y dos jaulas con jilguero y canario,
de ésas con aquella pieza blanca,
colgada de un alambre,
para afilarse el pico.
A mis siete años
les escuchaba cantar cada mañana,
como hoy,
en una calle de Vallecas hacia el trabajo.
No consigo recordar cuándo desaparecieron.
Son,
simplemente,
y dejan de ser en mi cabeza.
El camino, supongo,
y las derrotas de la memoria.



0 comentarios:
Publicar un comentario