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miércoles, 6 de septiembre de 2017

Calle Bastero

Existe una finísima tela, una bruma, que me desfigura los recuerdos. No aprecio el pasado con nitidez. Temo deformarlo, convertirlo en un yo grotesco perpetrando acciones grotescas. Jamás me recuerdo como un héroe. Aun en las decisiones más intrascendentes, cuando miro atrás, me asemejo al más oscuro de los villanos. Quizá esta penitencia provenga de una vida previa, eliminada de la memoria durante el viaje, como un equipaje arrojado al vacío que aún me marca las manos. Quizá.

Mis sentidos son cada vez más agudos. Esta misma mañana he percibido cada perfume del vagón, cada color apagado, cada sonido. Tres personas sentadas frente a mí. Dos más a mi derecha. Todas mirando una pantalla. Ya nadie observa su reflejo en el espejo negro de las ventanillas. Nadie excepto yo. Todo ha cambiado tanto en veinte años. El cristal me devuelve mi rostro envuelto en la misma bruma. Mis ojos ven, pero cada vez son más pequeños, mi boca, en un acto de rebeldía, ha aumentado de tamaño, dilatada por todo lo que no he dicho.

Tengo miedo de que me rodee la niebla, de licuarme en el presente como lo hago en el pasado, siento, a veces, que tengo respiración de presa. Comando como un general sin estrategia.

Preferiría el silencio,
la degradación de lo banal,
la respuesta.

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